DIARIO DE UNA PSIQUICA
"No conozco a nadie que no sea más de lo que otros piensan o de lo que ella misma cree "
Soy Martha Martínez. Me autodefino como facilitadora de herramientas de autoayuda desde mediados del 2002, y esta es mi historia.
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| Maestra Elena |
Nací en un pueblo llamado Nirgua,
en el estado Yaracuy, Venezuela, hace cincuenta y seis años. Según mis
investigaciones, mis padres fueron nómadas hasta que nací yo. Finalmente se
asentaron cuando mamá quedó embarazada de mí.
Tuve una infancia caótica.
Durante los primeros siete años de mi vida, mamá se mudaba constantemente y,
como consecuencia, terminé temporalmente en casas de cuidado con extraños.
Aquellas situaciones me marcaron profundamente.
Sin embargo, lo más notable no
fue la vulnerabilidad en la que crecí, sino escuchar una voz. Ese es el enfoque
que quiero darle a esta historia.
Los niños pequeños hablan solos,
juegan solos. Pero no todos escuchan una voz que les habla sobre lo que va a
suceder, sobre lo que sienten y piensan los demás, o sobre cómo meditar y la
coexistencia de múltiples realidades.
Antes de cumplir siete años,
aquello no representaba un problema, más allá de situaciones como esta:
—Muchacha, métete pa’ la sombra,
que se te va a quemar la mollera.
Yo tenía tres años y me sentaba
en posición de loto al mediodía, con las manos descansando sobre los muslos. La
sensación de que algo me abrazaba era más fuerte que cualquier regaño, así que
siempre buscaba la oportunidad de repetirlo.
Tampoco es usual que una niña de
cuatro años sepa que su abuela va a morir, sin que nadie le haya dicho que
estaba enferma. Después murió tras una operación del corazón; eso lo supe
muchos años más tarde. En aquel momento, mamá solo dijo que ya no podía buscarnos
en el internado.
Sí, era una niña muy singular.
Casi no hablaba. La hermana María me maltrataba porque no sabía tomar el lápiz
con la derecha. Sin embargo, según mamá, a los siete meses ya caminaba y, antes
del año, tuvieron que bajarme de una mata de mango de la casa de Lupe. Tal vez
todo eso ocurrió porque mamá volvió a embarazarse cuando yo tenía diez meses.
Tengo recuerdos muy remotos pero
precisos desde el año y medio de edad. A los cuatro años ya deseaba que a mamá
se le apareciera un hombre para que dejara de abandonarnos con extraños.
Finalmente ocurrió cuando yo
tenía siete años, y me alegré. Ya no tendría que ser responsable de mi hermana,
apenas diez meses menor que yo. Todavía recuerdo el día en que mamá nos
internó:
—Ahora tú eres la responsable.
—¿Pero ¿qué es responsabilidad,
mamá? —le respondí con apenas cuatro años.
La etapa que me tranquilizó en
cierto aspecto fue también el inicio de un período muy tormentoso, uno que
comenzó a transformarse cuando cumplí treinta y tres años. No quiero
adelantarme; es importante mantener la línea del tiempo, aunque tampoco quisiera
aburrirte con mi relato.
Entré a primer grado sin saber
leer ni escribir bien. Además, casi no hablaba y, cuando lo hacía,
tartamudeaba. Pero siempre aparecía una casualidad. La maestra Elena, de primer
grado, decidió llevarme cada tarde a su casa en La Floresta, en Altamira, donde
vivíamos.
Las voces decían cosas distintas
a las que me enseñaban en la escuela. Así que, un día, en tercer grado, boté el
morral camino a casa y le dije a mamá:
—Ya no necesito ir a la escuela.
Sí, acertaste: recibí una tunda.
Mamá tuvo que ponerse de acuerdo con las madres de otros niños para recuperar
los apuntes.
Al terminar la primaria, el
recordado padre Alonso le dijo a mamá:
—Señora Hilda, no siga perdiendo
el tiempo con Martica. Enséñele las actividades del hogar.
Lo dijo en la librería de la
familia de mi mejor amiga, en Bello Campo. Allí mismo mamá me advirtió:
—Te voy a dar la última
oportunidad.
¿Y qué crees que pasó? Sí, otra
casualidad.
La mamá de un compañerito estaba
promoviendo unos cursos de técnicas de estudio y eligió hacer un plan piloto
gratuito en nuestro salón de primer año. Todo cambió.
Me gradué y logré entrar a la
universidad, aunque tuve que estudiar lo que mamá eligió por mí. Para entonces,
ya había ocurrido lo que yo misma había vaticinado a los siete años: estaba
divorciada.
¿Y qué quería estudiar realmente?
Ingeniería biológica Filosofía y Letras.
—¿Con qué es eso? —dijo mamá,
siempre folclórica.
Ahora sé que, para que pudieran
aceptarme en primer año, debido a una crisis que sufrí en sexto grado, estuve
viendo a un psiquiatra. Mamá le dijo:
—Hable con ella, pero
medicamentos no. Ya tengo hermanos con tratamientos psiquiátricos.
Seguramente pensó: heredó lo de
la familia.
A los veintiún años, después de
más de una década viviendo con crisis, le pregunté al doctor Alam:
—¿Soy esquizofrénica?
—No —respondió—, pero sería mejor
que no comentes lo que te pasa.
Las consultas terminaban
convirtiéndose en conversaciones sobre temas como si los niños escuchan dentro
del vientre materno. Yo tenía once años y le daba cátedra mientras él escuchaba
y seguía haciéndome preguntas.
Mucho antes ya había decidido
aparentar normalidad. Incluso dejé que mi hermana, que vivía metida en la
Legión de María, hiciera los trámites para bautizarme como católica.
Pero fingir normalidad no me duró
demasiado.
Estudié administración, me casé,
tuve un hijo… y ya no pude seguir fingiendo. La crisis llegó como un tsunami
golpeando la costa.
Aquel día, mientras esperaba que
me abrieran la puerta de una casa de aspecto ruinoso, pensé:
“Tengo que estar desesperada”.
La mujer que me atendió, con
ínfulas de poder, me dijo:
—Mija, se acabaron los números.
Venga mañana.
Mientras sentía que el mundo se
me venía abajo, pensé:
“Necesitas que una bruja te lea
el tabaco para entender qué te pasa, porque los especialistas no te ayudan”.
Cuando mi hijo llegó esa noche,
me encontró llorando. Ese momento quedó inmortalizado en mi memoria y precede a
todo lo que realmente quiero contar.
Si deseas seguir recorriendo esta
historia conmigo, te espero en el próximo relato.
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