HÁGASE TU VOLUNTAD, SEÑOR SUBCONSCIENTE
—No voy a llorar más, Marco. Voy
a hacer esto. Tres cosas.
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| El príncipe de mis mareas |
El niño, de apenas dos años y
medio, sonrió al verme dejar de llorar. Habría olvidado aquel momento si
después no hubiera ocurrido una cadena de eventos “casuales” que terminaron
desencadenándolo todo.
Meses más tarde, ya de regreso en
Caracas y viendo a Marco solo los fines de semana, seguía pensando en aquel
día.
¿Qué hizo que ocurriera lo que
dije, si en realidad no había tomado ninguna acción, sólo acepté fluir con los
acontecimientos?
Estaba decidida. Buscaría el
equilibrio que nunca había tenido.
Y adivina qué: otra vez
comenzaron las casualidades.
El primer fin de semana que
regresé a Caracas después de estar con Marco, no aguanté más. Estaba en la
parada del metro de Altamira enfrentando un dilema:
“¿Llego a la oficina o llamo para
decir que no puedo volver?”
Mi hijo tenía tres años. Todavía
tomaba tetero y usaba pañales.
Por casualidad, un señor se
detuvo en su carro y me ofreció llevarme. Me monté pensando:
“¿Qué más me puede pasar?”
No me secuestró. Me dejó en la
oficina.
Cuando me bajé del carro me
prometí resistir una semana. Terminé quedándome nueve años.
Después regresé a la ciudad donde
había vivido y con mi hijo en un camión 350 cargado de corotos. Había llegado
con apenas tres mudas de ropa y unos zapatos de vestir que ni siquiera eran de
mi talla.
Pero no quiero adelantarme.
Un año después, saliendo con
aquel señor, nos asaltaron y le robaron el carro. Me dio una crisis y, sin
pensar, dije:
—No te preocupes. En cuatro horas
te van a llamar para avisarte que apareció el carro y en cinco días lo vas a ir
a buscar.
Él no dijo nada en ese momento.
pero cinco días después fue a buscarlo a la policía. Me miró distinto.
—Señora Martha, siempre pensé que
usted era enigmática, pero ahora no tengo dudas. ¿Cómo supo lo que iba a pasar?
Le conté sobre la voz. Lo hice
con miedo.
Cuando entré a la universidad se
lo confesé a un novio y, literalmente, se dio la vuelta. No volví a saber de él
hasta hace dos años.
Pero este hombre no salió
corriendo.
—Usted tiene un don especial —me
dijo—. Y sé que tiene un propósito.
Yo solo pensaba:
“Otro loco”.
Sin embargo, prometió ayudarme a
buscar respuestas y, en medio de aquella indefensión absoluta, acepté su
compañía.
El viacrucis por diferentes movimientos
espirituales.
El padre Martín, de la iglesia de
La California, aseguró que aquello era el diablo y se ofreció a hacerme un
exorcismo.
Los rosacruces dijeron que yo era
una enviada y que debía transmitir mensajes. Me negué.
En un centro de energía universal
afirmaron que tenía capacidad para canalizar energía.
Después fuimos a un grupo
psíquico que insistía en que participara en sus reuniones.
Jesús fue muy insistente y se lo
agradezco. Muchas veces, por vergüenza, lo dejaba creer que yo aceptaba todo
aquello.
Mientras tanto, seguía buscando
estabilidad para poder traer a Marco conmigo.
Un astrólogo me dijo:
—Tú eres psíquica y en cinco años
vas a trabajar de esto.
Recuerdo haber sonreído pensando:
“Este hombre está fumado”.
Pero luego agregó algo que sí me
pareció coherente:
—Trabaja para que tú misma
compruebes lo que eres.
Me ofreció trabajar en call
center de psíquicos y decidí averiguar si realmente era psíquica.
La mujer vestida de negro me
explicó el trabajo:
—Sacas cinco cartas y das el
mensaje. ¿Tienes tarot?
Con voz casi inaudible respondí:
—No.
—Te presto los arcanos mayores.
Después entré en una sala llena
de muchachos. Ese día me parecieron extraños. Más adelante terminaría
sintiéndome como un pez bajo el agua.
La primera llamada fue
traumática.
Mi mente repetía:
“Solo saca cinco cartas”.
Entonces empecé a hablar.
—Señor, usted tiene un negocio
donde dirige a otras personas. Lleva tiempo desarrollando una idea que será muy
productiva el próximo año gracias a un contacto importante.
Al terminar, el hombre me dijo:
—Es la primera vez que alguien
describe mi vida con exactitud. Soy parapléjico. Tengo un negocio y mi esposa y
mi mamá son quienes lo atienden, pero yo les digo qué hacer.
Recuerdo haber pensado:
“¿Cómo es posible?”
Y lloré.
No dije nada ese día, pero luego
mis compañeros insistieron en que yo tenía otras habilidades y que apenas
estaba comenzando a descubrirlas.
No sé por qué aquello no me
alegró.
Duré menos de un mes allí.
Había estudiado demasiado para
terminar trabajando como psíquica y, además, mi prioridad seguía siendo Marco.
El día que me fui, una chica muy
simpática —esposa del técnico en telecomunicaciones, ambos franceses— se me
acercó y me dijo:
—Eres famosa aquí. Me gustaría
consultarme contigo. Nos reencontraremos pronto.
Así empecé a atender personas en
sus casas, por recomendación.
Y fue entonces cuando comenzaron
las visiones sobre lo que ocurriría en Venezuela durante los siguientes veinte
años.
Ya viviendo en México, Diana me
decía:
—Tú dijiste en 2002 muchas de las
cosas que están pasando ahora. Siempre me acuerdo de eso.
Comencé a experimentar más.
Me presentaron al dueño de la Pomaire,
centro holístico. Después de consultarlo, me ofreció trabajar como tarotista.
—No puedes decirle las cosas a la
gente directamente —me explicó—. Las asustarías.
Luego sacó unos collares
escondidos bajo la camisa.
—Tienes protecciones. Aquí tienes
que cuidarte.
Negué con la cabeza:
“No busco problemas. Busco
soluciones”.
Me fui diciéndole que lo
pensaría.
Semanas después acepté una
auditoría. Sería mi último trabajo convencional.
Y ya que me estoy abriendo,
contaré también mi breve acercamiento al esoterismo.
Antes de casarme, una tía me
introdujo en ese mundo. Nunca supe exactamente qué práctica seguía. Contaba que,
cuando era joven, un hombre le había enseñado.
Aprendí sobre hierbas y baños de
limpieza, sobre todo porque sentía mucha empatía por ella.
Aunque algo dentro de mí repetía
constantemente:
“Debe existir algo más”.
En el centro holístico conocí a
una señora amiga de una amiga. Ella insistía en que yo podía ayudarla, aunque
esa nunca fue mi intención.
Cuando finalmente la vi, sentí
algo inmediato:
“Ella va a suicidarse”.
Entonces le dije:
—Alguien la necesita. Si usted
muere, no solo se mata usted.
Meses después ocurrió la tragedia
de Vargas.
Ella grababa todas las consultas.
No recuerdo exactamente qué le dije, pero el día del desastre me llamó:
—Martha… tú dijiste que esto iba
a pasar…
Luego se quedó en silencio y
colgó.
Tiempo después un compañero me
explicó:
—No volvió a llamarte porque se
asustó. Tiene grabado todo lo que dijiste. Pero lo que más miedo le da no es lo
de Vargas… sino lo que dijiste sobre la enfermedad de su hija. La hija tuvo
cáncer.
Mi amigo, que me impulsó a buscar
respuesta, terminó siendo una especie de representante, insistía:
—No le entregues tu historia a
nadie. Algún día tú misma la vas a contar.
Meses después, otro escritor
quiso escribir sobre mí.
¿Y de qué más me enteré?
De que podía hablar con personas
muertas.
Pasé casi un año sirviendo de
puente entre vivos y muertos, hasta que escuché la historia de un hombre que
había fallecido en un accidente y comenzó a aparecérseme en todas partes.
También ayudé en la búsqueda de
un muchacho desaparecido en El Ávila, colaborando con un grupo de rescatistas.
Tampoco me gustó.
Era mentalmente agotador.
¿Y si soy psíquica?
Sí, todavía lo dudaba.
Acepté trabajar en una franquicia
de centros holísticos en Sabana Grande. Durante seis meses iba después de mi
jornada laboral, apenas hora y media al día.
Cuando la empresa finalmente fue
intervenida por el Estado, renuncié.
Habían pasado tres años.
Ya podía ver a Marco con más
frecuencia o traerlo conmigo algunos días.
Empecé a desaprender lo que había
aprendido hasta entonces,..
¿Cómo pasas una vida aprendiendo
para saber que, si quieres cambiar tu vida, tienes que desaprender? Tiene que
haber un cambio en el modelo de enseñanza.
Mamá me dijo:
—Ya no te conozco. Eres muy
diferente.
Y tenía razón.
Solo que yo aún no entendía que,
por primera vez en mi vida, estaba empezando a vivir sin miedo.


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